Sonideros, primera entrega: Encuentros Sonoros

Por Marco Ramírez

Fotos de Mark Powell

 

Una entrevista, un proyecto, una pasión… y por el puritito gusto de echar desmadre. 

Mariana libreta y grabadora en mano. Mark su camisa de la suerte y cámara bajo la misma. Salto del Agua y Eje Central, llegué algo tarde, Mariana estaba ya ahí, a un costado de la entrada del metro, el aire sabroso le movía levemente el cabello fresco, relucía, yo no me duché, me dió güeva aunque me sentía arrepentido por el calor de la mañana y el ajetreo, que  me dejaron el  cuerpo medio pegajoso. Mark, también estaba duchado al llegar.  

Por la mañana visitamos a Sonido Fajardo, de Miguel Ángel Fajardo, en su casa, allá por Aragón donde atesora equipo viejo, discos, Tequendamas y otros reconocimientos, souvenirs y sus preciosos carteles. Siempre amable él, junto con  su esposa, hijos y nieto, nos invitó a desayunar unos tremendos guaraches con bistec con una salsa bastante picosa, unos vasos de leche con café y un rico pan, mientras su hijo nos platicaba la onda de ser dj-tiene su estilo- muy diferente al sonidero de las tocadas en los barrios y en las calles, él es el relevo generacional. Sonido Fajardo, el Príncipe de los Sonidos, ya no está en esos terrenos ahora su onda son las fiesta de salón, Miguel Ángel casi ya no cabinea, pero el hijo se da vuelo. No le va mal, incluso a tocado en diferentes estados de la república, nos habla de un lugar en Tijuana si no recuerdo mal, un antro en donde una vez al mes invitan a tocar a un dj sonidero, debe estar chido. Esto último lo contó en ausencia de su padre, Fajardo salió de la casa rumbo a un hospital, su hermano está algo enfermo, no lo va a visitar, le va a apartar un lugar de estacionamiento para cuando llegue.

 

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El hijo, Miguelito, nos pone música pa’ fondear la charla , aún estamos en el comedor  echándonos al plato esos guaraches, Mark y yo la traemos atrasada, sí nos atendimos en grande, Mariana chica delgada y de cuerpo de “medio buenona” como ella misma dice sólo se echó uno y su cafecito. Hago mi petición musical  y pido una de las colombianitas: Cuerpo sin alma. “Una bonita melodía” o “una bonita pieza” como diría cualquier sonidero veterano, como muchas veces he escuchado a Fajardo decir –con una mezcla de seriedad y emoción que imprime en sus gestos y su voz- de una canción que le gusta y que, cualquier sonidero que se digne de serlo, puede considerar dentro de la categoría de hits que llegaron para nunca desaparecer de nuestros oídos, de nuestros bailes.  Más tarde, en cuanto vuelve Fajardo Mark hace una tanda de fotos, hasta al nieto le toca, otras las realiza en las habitaciones donde están otros aparatos de sonido, unas más en el camión donde se transporta el equipo Fajardo, es una fiesta, la familia está feliz compartiéndonos sus memorias, sus tesoros, la memoria de un sonido fundador del movimiento, de una tradición invaluable, pero lo más pegajoso contagioso endémico es su pasión por SER sonideros. 

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Saludo a Mariana beso en el cachete y le menciono que qué rico que se bañó, se ríe con todo su rostro, brillan sus ojos, sus dientes, sus mejillas se rebozan. Le pregunto por Mark, “ya no debe tardar” me dice. Suena mi teléfono, es un amigo que dejó su estéreo un día antes en mi casa, a donde fuimos a parar él, Gaby y Héctor después de unas tremendas chelas en el River Plate, aún siento el desvelo y algo de la resaca.  “Mariana, aguántame, voy a dejar algo a un cuate que está acá delante y regreso”. Troto un poco, el tráfico se agolpa detrás del auto de David que se está orillando sobre Eje Central, lo saludo y noto que está crudo pero perfectamente trajeado, abre la cajuela del auto y tomo una bolsa de mezclilla de librería sótano, le doy su estéreo y observo que Gaby dejo en el asiento trasero la rosa (ahora marchita) que le mandó el barman del Río de la Plata, “Bongo”. Nos despedimos y regreso pronto a donde Mariana, pero se ha movido de lugar, no la veo, paro y barro con la mirada mis cercanías de derecha a izquierda… ahí está y  Mark con ella, sonríen al verme y riendo les digo: ya se iban sin mi. Claro que no parecen decirme con sus sonrisas, me estaban buscando, saludo a Mark y ella me pregunta que traigo en mi bolsa. No es mía, le digo, es de un amigo que la dejó en el coche de otro cuate, al que fui a ver. Noche de olvidos.  

Vamos hacia Plaza Meave, bueno, a un costado, escasea la luz y en el camino hay mucha basura; es la presencia que a su paso deja el consumo en la zona, cerca está un nicho dedicado a la virgen y a un costado vende sus tacos Roberto Martínez, mejor conocido como Corimbo Chambele. Veo el nicho y les digo: No está, debe andar por aquí, seguimos avanzado casi llegando a donde una tienda por donde luego también rola. Tampoco. Nos detenemos y giramos de vuelta.

 

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Volteamos hacia Eje Central y viene un darka gris (o que era gris) de finales de los setentas, se acerca más y veo en su interior a Roberto, me sonrío y les anuncio que ahí viene señalándolo, Mark afirma con un movimiento de cabeza que se da por enterado mientras echa un vistazo rápido al entorno buscando imágenes, y Mariana se alegra diciendo qué bueno, ya lo conoce, de él todo se puede esperar incluido que no llegue o llegue muy tarde a un cita, Corimbo no es precisamente el Rey de la puntualidad a menos que no sea sarcásticamente hablando, pero eso sí siempre tiene la forma de compensar las cosas. Nos ve y desacelera, me acerco a la ventanilla del copiloto, él se estira para bajar el cristal:

-Qué pasó carnal, aguántame háganse para allá, y señala el fondo de la calle donde se ve la puerta abierta de una vecindad. 

Se estaciona frente a la puerta y se apea del auto, efusivamente sonriente me saluda y abraza, ve a Mariana y le toma una de sus manos entre las dos suyas para saludarla cariñosamente con un sonoro ¡Marianita!, le presentamos a Mark y Roberto corresponde con un qué pasó mi carnal, sin parar de sonreír. Le decimos que onda a Roberto con la entrevista y que iremos a una cantina que esta a espaldas del edificio de GDF. Le pregunto a Roberto por una tocada que alguna vez realizaría en el interior de esa vecindad, no se armó esa pero sí otra por el festejo de unos quinceaños o algo así. Nos asomamos con él, es un patio enorme rodeado de casas de techo alto, nos tomamos unas fotos, unas buenas imágenes sentados en un escalón que es el borde para entrar al enorme patio. Aquella tocada no se armó fue porque los vecinos no completaron la vaca para pagarle, otra ocasión sí lo hicieron y se puso muy suave. En vecindades como éstas nació el movimiento sonidero, su arquitectura  detonante de la convivencia, de la fiesta, del cotorreo, fue un factor importante para el nacimiento de las fiestas sonideras, después sus dimensiones fueron insuficientes y lo que siguió fue tomar las calles.

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Caminamos rumbo a la cantina, la calle está medio en ruinas, medio en obra, la están remodelando, Roberto bromea con Mariana, le cede el paso para que no pisen al mismo tiempo, cada uno en un extremo, un madero, no vaya a ser que ella salga catapultada, dice y se carcajea jajajaja. Mariana opina que Roberto es un niñote, la apoyo, sí lo es. Roberto ríe, canta hace unos pasos de baile, bromea a lo largo de toda plática y si entona una canción que le importe resaltar para soundtrackear nuestro camino, el relato lo hace con un gusto tal que pareciera que está viviendo nuevamente el momento en que escucho por primera vez una  bonita melodía rematando el anuncio de esta con un:  “¡¡¡Cocococoooorimbooo!!!” Sin faltar los sonidos de arrastre del disco pa tras y pa delante.

 

Arribamos a la cantina de los carteles, bueno era de los carteles, le quitaron bastantes, entrabas y te mareabas de tanta cartulina flourecente ofreciendo tragos de variedades infinitas y alimentos, y sus cuatro hélices de ventiladores de techo y al fondo una ñora de cajera con un atuendo algo llamativo, lentes enormes, cabello morado y blusa multicolor. Mariana y Mark dicen que nos adelantemos, encienden un cigarrito antes de entrar, costumbre que muchos fumadores habrán tomado ya a partir de la ley antitabaco que más bien es antifumadores. Decidimos esperarlos,  yo observo a una hermosa oriental de vestido volado y diminuto que flota un poco con el aire, es bella, va hacia el sur pasa frente a nosotros y se detiene del otro lado de la calle y pregunta algo, le dan indicaciones y regresa sobre sus pasos, la pierdo de vista y ellos ya terminaron sus cigarros. Mientras Roberto abunda en datos sobre su vida en espiral dentro del mundo sonidero, sus inicios con un sonido prestado, sus cuerdas que formaban un gran ring en la calle de modo de cercar una área de baile y acceso pagado en lo que era un baldío el cual los vecinos transformaron en unas canchas de básquet sin dejar de solicitarle un apoyo económico a Corimbo –Roberto habla de él en tercera persona- que sacaba beneficio con las tocadas cobradas en dicho espacio. Muchos se colaban dice Roberto, “al principio funcionaba pero después las pinches cuerdas se caían o la gente se colaba a través de ellas o de plano bailaba fuera del área”. Total la música flotaba en el ambiente.  Bien, dice Mariana, ahora si vayamos para adentro. Tomamos una mesa al fondo del lugar a un costado de la barra, una piña colada para Mariana, dos palomas para Roberto y Marc. Yo una sangría, la sirven bien aquí. 

– Roberto, síguenos contando de cómo iniciaste, qué pasó después de lo de las cuerdas, y enciende su a grabadora. Pues sí, dice Roberto…

“Mi padrino fue la Changa, es una gran persona y le admiro, pero la verdad nunca me he colgado de él, gracias a Dios me comenzó a ir muy bien y compre equipo y mi camión, tocaba no sólo los fines de semana sino también entre semana y por toda la ciudad, también salía algunos estados pero lo chido era acá… Pero las cosas en los ochentas no fueron tan bien, después del temblor del 85 nada fue igual, mucha gente murió”, nos dice con tristeza.  Chambelé lo dice bien, en aquel temblor las principales colonias afectadas eran populares (la Obrera, Doctores, Tepito, Merced, etc.), muchas vecindades se cayeron. Y luego las bandas, las bandas estaban en otra onda, había broncas… “y luego la gente decía que nosotros teníamos la culpa de los desmadres, pero nosotros (los sonideros) sólo queríamos ir a tocar, a que la gente se divirtiera sanamente, bailaran y cotorrearan, tú sabes… Había banda muy loca, recuerdo que una vez que ya habíamos terminado y estábamos por desconectar pero nos estaban chingue y chingue, incluso nos ofrecían pagarnos más lana pero que pusiéremos una rolla, esa que…” y comienza a tararear una rola de La Granja con la que se armaban los slams…  “y esa la banda traían un chingo de mota y me pusieron el plomo y yo le dije: Chale carnalito, nosotros nomás venimos a tocar y la neta ya terminamos, danos chance… Total que mejor se las acabé poniendo y comenzaron a bailar empujándose, un chavo sacó un cordón con una tuerca amarrada en un extremo y se metió entre la gente girándola como una polea y bolas le empezó a dar a varios, recuerdo que le pegó a una chava y  a uno le dio en la frente y se armaron los madrazos, le tundieron al de la tuerca pero entonces éste (el de la tuerca) salió volado y regresó con su flota y un plomo, se puso cabrón y nosotros nomás nos metimos atrás de los aparatos. Hubo tres muertitos. Con los que se habían golpeado y salieron corriendo los alcanzaron en la avenida y ahí los quebraron”.

 

Más tarde pasaremos por la calle donde fue el tiro aquel. Corimbo nos dirá “mira, fue por aquí, en esa calle hacíamos las tocadas… eran unos reventones bien chidos…. pero valió madre después de esa ocasión carnalito, mira ahí cayó el primero, acá estaba otro y hasta acá (tres cuadras después) estaba el último…”.

“Después a mi me fue mal, volteé mi camión, veníamos de una tocada, mi chavo venía manejando, no se cómo fue pero fuimos a dar contra un árbol, me decían que me pelara pero pus mi equipo, no manches ahí estaba todo mi equipo y mi camión ni modo que dejara todo, lo malo es que ni licencia traía, ni los papeles, así que la tira se puso bien cabrona, decían que me lo había robado y yo les decía que no que era mi camión y mi equipo pero no traía los documentos el equipo lo compraba uno así nada mas y  del camión los había dejado en la casa. Ya ves como son, pues acabaron llevándome a la delegación, ahí me enceraron, pero mira Diosito no me abandonó porque cuando llegó el cambio de turno resulto que el  ministerio era mi cuate, tuve que pagar una lana pero ya no fue tanto, me querían cobrar un chingo, principalmente por daños a la nación… pero al final la libre carnal, sí, mi Diosito nunca se olvida de mi”.

El semblante de Corimbo Chambelé cambia, se pone triste, se acentúan sus pequeñas cicatrices en sus cejas de la época en que boxeó, su padre lo entrenaba, fue unos de los mejores, su mirada es profunda y dice:  “Pero cuando Corimbo dejó de ser él mismo fue cuando una chava murió afuera de una de mis tocadas, en la fiesta discutió con el novio, quien sabe qué onda traían, él salió y la dejó en la fiesta y se escondió afuera para ver la reacción de ella, ella salió volando tras de él y se atravesó la calle sin fijarse, la atropello un auto, yo me sentí culpable”.

Corimbo nos relata cómo perdió otro camión. Él realizaba una entrega de premios de la Fraternidad Universal de Sonideros en México, en el salón Gran Forum, famoso por sus fiesta de baile donde tocan gruperos, sonideros y de todo. La entrega consistía en un reconocimiento realizado en un acetato, una cena baile donde las mantas de los sonidos forraban el interior del salón, y una reina anual de sonideros, creo que la última reina había sido Luz Elena González.  Se desfalcó una ocasión organizando el evento y acabo vendiendo el camión y el equipo.

Vamos a una fiesta con mi carnal Enrique Lara de sonido Maracaibo, nos dice sonriente y nosotros pus apuntados y encaminados  con la historia del Corimbo y los tragos, que no eran muchos pero sí suficientes para animar a cualquiera. 

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Caminamos de vuelta a donde se estacionó Chambele, en el camino encontramos unos carteles de una tocada y también a un vato con una chamarra forrada de logos de sonidos y corte de cabello buki que platica con otro cuate, frente a ellos dos coches con las puertas abiertas y más gente esperándolos, Mark le toma unas fotos. 

 

En la contra esquina donde esta el auto compramos un six de chelas para el camino, no para nosotros jajaja. Abordamos el coche, Mark atrás, Mariana y yo al frente, y salimos rumbo a Ixtacalco, la tierra de Maracaibo.  En el camino la peripecia, nos detiene un patrullero al vernos empinarnos un trago, Roberto maneja la situación, discute unos minutos con el poli pero al final nos vamos. “Vale madre – dice Corimbo – ni modo, ahorita llegamos. Pinches weyes si sólo viene uno tomando una chelita tranquilamente”. 

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No recuerda Corimbo cómo llegar, mientras nos habla de Enrique, un carnalazo, y tipazo diría yo después de conocerlo. Avanzamos por un carril central y Roberto sigue sin reconocer la zona, ya nos pasamos dice, frena y nos damos un reversazo de 50 metros o más para tomar la lateral y poder dar vuelta en U  sobre Churubusco, seguimos bebiendo, preguntamos a unas personas pero nada, damos  otra vuelta en U para regresarnos al sur y en la esquina van unos policías caminando, nos orillamos y bajamos las chelas donde no se vean y les pregunta a boca de jarro: “¡Oigan! ¿Pa donde está el depósito de autos?”. Se miran entre ellos antes de contestar y nos indican seguir y más adelante dar otra vuelta en U pero ahora dirección el aeropuerto, y entrar  a la lateral. Adelante lo verán, dicen.  A fuerza carnal, ya de ahí me acuerdo, les da las gracias, arranca Roberto y casi al mismo tiempo avienta por la ventana la cerveza, se escucha como rebota varias veces antes de quebrarse. Nos reímos.

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Llegamos al salón, sonido Maracaibo ya no toca en las calles cotidianamente, sólo una que otra ocasión como cuando hace el paseo de la virgen en su colonia. El salón es pequeño pero está lleno de bailadores y bailadoras, el ambiente está rico, Enrique Lara con sus tornamesas de los sesentas y sus acetatos, eso sí era un retro.  Mark toma fotos, la gente no para de bailar, algo de tibiri un poco en línea un carrusel, sones, y así se la van llevando, pocos beben; es más bien un salón para los gustosos del baile con el viejo estilo del sonido. Maracaibo es también de los de antaño, compadre de la Changa, pero él casi no manda saludos, su dinámica es diferente, le da más espacio a la música. Ese día casi no charlamos con él pero nos citamos para luego caerle en su casa donde nos da la gata sorpresa de mostrarnos su gran colección de discos, y cuando digo gran es gran colección de discos nos muestra tres anaqueles atiborrados de discos y sabe dónde está cada cual, menciona que tiene un cuarto más lleno de cajas de huevos pero con disco dentro, unos incluso ni los ha abierto conservan el empaque original. Nos muestra también unos discos de pasta, recios y pesados. Los tornamesas modificados para cambiar la velocidad, las trompetas, nos platica su historia de vida, lo duro que se las vio cuando se tiró alcohol y nos dice “No me da pena platicarlo porque gracias a Dios logré salir de ahí”. Enrique protagonizó una gran historia dentro del ambiente sonidero, lo que fue un mano a mano sonido contra sonido, fueron tres jornadas de tocadas una acá en Ixtacalco, la otra en Peñón de los Baños (donde se dice nació el movimiento sonidero peleándoselo con Tepito), la tercera cerca de ahí, de donde Maracaibo salió vencido, regresando a casa sólo con unos discos que pertenecían a su madre quien es una de las pocas mujeres sonideras con mayor antigüedad. Pero Maracaibo regresó, porque la pasión de los sonideros por la música el barrio y la gente bailadora, es infinitamente estoica. 

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